
La primera vez que comencé a fumar Mariguana tenía 19 años. Era tan sólo un jovencito que estaba iniciándose en el mundo laboral, además de aprender a explorar el mundo por mí mismo.
En aquella época yo estudiaba y trabajaba. Fue en el trabajo donde conocí a Juan Carlos*, el cual se convirtió en un buen amigo y un modelo de padre de familia y esposo a seguir. Me llevaba muy bien con él, porque a pesar de que era joven él me respetaba.
Un día, en el descanso del trabajo, Juan Carlos* me ofreció una fumada de Mariguana; era algo muy normal para él, ya que lo consumía todos los días. Yo pensé “si aun fumando Mariguana sigue siendo un buen esposo para su mujer -que era mi amiga- y un buen padre, además de ser un buen trabajador, entonces fumar esto no debe ser perjudicial”. Así que acepté. La primera calada no fue agradable, pero poco a poco me fui acostumbrando a aquel sabor tan peculiar.
Con eso de fumar Mariguana ocasionalmente, me venían a la cabeza ciertos pensamientos como: “empezaste con una caladita y ahora ya fumas de vez en cuando, mejor paras, no vaya a ser que te vuelvas adicto”. Pero es allí donde me decía a mi mismo que solo los débiles se vuelven adictos, pero que yo era fuerte, así que todo estaba bajo control.
Más adelante me uní a un grupo de chicos que también fumaban Mariguana y muchos de mis nuevos amigos también consumían éxtasis. Pude ver de cerca a las tan famosas píldoras “E”, a las que los miembros de la pandilla llamábamos “La Pepa”.
Ellos consumían drogas más a menudo. Yo no tenía ninguna curiosidad en probar éxtasis, así que continúe fumando Mariguana, que además me ofrecían gratis. Eso me gustaba y para mí no era dañina o por lo menos no tanto como el éxtasis y no tenía que gastar dinero, así que no veía el porqué no disfrutar de mi hierba.
A los 23 años me fui a vivir a Nueva York. Allí alquilé una casa, la cual tenía que compartir con Joel*. Mi nuevo compañero de casa irradiaba siempre de alegría. A menudo bromeaba y eso es lo que me llamaba la atención de él.
En mi nueva casa seguí consumiendo Mariguana. En aquel entonces controlaba todo y sólo fumaba dos porros de “María” al día.
Cuanto más tiempo pasaba con Joel* más le conocía, y descubrí que él y yo teníamos la misma afición: fumar Mariguana. El era un experto, un adicto y también me ofrecía hierba gratis, lo que me hizo adentrarme mucho más en esto. Fumábamos en casa día y noche, sin restricciones y eso era lo más de lo más.
3 años después llegue a Inglaterra, donde mi vida financiera era mucho más estable, lo que significaba que podía permitirme el lujo de comprarme la cantidad de Mariguana que quisiera. La cantidad de Mariguana que fumaba entonces incremento muchísimo.
Lo primero que mi cuerpo me pedía cuando me levantaba era Mariguana y ¿cómo no dárselo? Además, me gustaba; sobretodo disfrutaba mucho de mis estados de “High”, porque me hacían olvidarme que estaba solo, que todo mi familia estaba a miles de kilómetros lejos de mi y de ese vacío tan profundo que me consumía poco a poco.
Comencé a volverme egoísta. No quería saber nada de nadie, el único que importaba era yo. Yo era el centro de atención. Mi círculo de amigos, los que fui conociendo en discotecas de la ciudad de Londres, eran como yo, vivíamos el aquí y el ahora.
Los fines de semana eran doble porción, sin límites. Entonces, además de Mariguana también consumía Éxtasis, BHG (que es un éxtasis más fuerte), LSD (ácido). Todas ellas me transportaban a un mundo de alucinaciones, mi mundo Yuppy, donde la palabra “problemas” no existía, donde la soledad desaparecía, donde el vacío por horas se desvanecía. Un mundo en el que solo contábamos mis amigos y yo. Diversión era nuestro lenguaje.
A la mañana siguiente todo era peor, porque me daba cuenta que seguía siendo la misma persona, con los mismos problemas y las mismas preocupaciones y nada había cambiado. Pero ya no podía volver atrás, aunque quisiera parar. Mi cuerpo era mucho más tolerante, era un devorador de drogas, y las dosis eran más fuertes. Ya no me importaba nada, ni tampoco me restringía. Las consumía en todas partes, hasta incluso en las horas de trabajo.
Fue entonces que añadí a mi lista cocaína y hachís, estas dos las combinaba y las fumaba. Lo hice de esa manera, porque no me interesaba esnifar cocaína. Lo que quería era algo más fuerte y así lo conseguía.
Aunque no tuve consecuencias graves en el trabajo, la verdad es que ya no me reconocía. Ya no tenía control de mi vida. Y la depresión que se adueñaba de mí después de los efectos de las drogas era horrible, casi inexplicable. Era un desgraciado lleno de soledad y aunque trataba de ser feliz, no lo conseguía. Tampoco estaba realizado en mi vida sentimental, algo que me disgustaba bastante. Vivía una vida llena de apariencias, porque para mis amigos y las personas que me conocían yo era el chico perfecto, guapo, con un buen físico (en el cual ponía mucho cuidado y me esmeraba)... A pesar de todos esos piropos, la verdad es que era un infeliz.
Entonces, recordaba esos momento cuando me decía a mí mismo “para ahora, antes de que sea demasiado tarde”. Pero yo siempre pensé que todo estaría bajo mi control, que era fuerte… Ya no podía volver atrás, tenía que vivir con esa cruz…
Pero el día menos esperado, en mi más profunda desesperación por dejar las drogas, la solución llego a mi vida.
Hoy puedo decir que soy una de las personas más felices del mundo y que estoy totalmente limpio de drogas. Ya no tengo la necesidad ni las ganas de consumir ningún tipo de droga y todo lo supere… ¡Sí!, lo supere. Pero no fue gracias a mi fuerza de voluntad o técnicas de desintoxicación o todo aquello a lo que estamos acostumbrados a recurrir.
¿Quieres saber cómo supere mi adicción a las drogas?
*Nombre imaginario, para mantener en el anonimato la verdadera identidad de la persona.
Ricky